QUISIERA QUE NO TE HUBIERAS MUERTO, FERIA MÍA
Por Héctor Contreras Organista

Con mucho cariño a mi bisnieto, Ferdy.
Ojalá algún día le platiquen cómo su antepasado amó a Chilpancingo y haga lo mismo. Vale la pena.

QUISIERA… que el Paseo del Pendón fuera como antes, en que participaban solamente las danzas tradicionales de Chilpancingo y se rescataran otras que se perdieron, como la de Los Apaches y Los Conejos.

QUISIERA… que alrededor del jardín del barrio de San Mateo, siquiera por tres días se volvieran a construir los puestos de madera con chochocote, pascli, pino y aserrín y se vendiera el fiambre, el mole, el pozole y demás comidas que hacía doña Luisa Memije.

QUISIERA… que la nieve del Chinono la probaran y saborearan los niños y los jóvenes para que supieran lo que es una delicia, una verdadera nieve hecha con hielo de la sierra y con mucho amor por un hombre y una familia que dieron lo mejor de sí a su pueblo.

QUISIERA… que don Mundo Morales, “El Chaparrito”, el papá de Nalo, volviera aponer su puesto de lotería en el jardín de San Mateo y diera como premio cubetas, floreros, alcancías y el 6 de enero a los niños los premiara otra vez con juguetes, y que ahí estuviera “Chayo” gritando las cartas: El Negro, La Chalupa, La Escalera, El Catrín, El Mundo, el Borracho… ¡Es buena y se la lleva!

QUISIERA… desvelarme en el viejo jardín lleno de árboles frondosos y sentarme en sus largas bancas de cemento a esperar que llegaran Los Santiagos de Tablado y verlos lucir sus vestimentas finas y coloreadas y sus sables; observar con mucha atención a don Licho Calvo, a don Raymundo Organista y a don Saulo Donjuan bailando con agilidad y luego escuchar sus parlamentos.y retos entre moros y cristianos.

QUISIERA… saborear la melcocha que vendían en totomoxcli; “los borrachitos” revolcados en azúcar, “la fruta de horno” y el maíz endulzado con panocha; los cacahuates en cucurucho, las empanadas de camote y de arroz de leche, los elotes hervidos y asados y un atole blanco de doña Chirra, con pedazos de calabaza y de conserva o con torrejas.

QUISIERA… ver a los Huexquixclis de los que ya ni el recuerdo queda, atizando con su humor a los danzantes y haciendo reír al público con sus ocurrencias, enseñando constantemente una zorrita disecada con la que reía y reía, quién sabe por qué, y con chistes que nada más el huexquixcli entendía, pero nos hacía reír todos.

QUISIERA… otra vez con mis amiguitos gritarle desde lejos al atlético de la danza, vestido de amarillo motaedo: “¡Tigrito manso, carita de garbanzo!”, a manera de reto infantil, y echarnos a correr, porque cuando nos alcanzaba, nos subía al hombro y corría al rededor de los tlacololeros hasta que se cansaba y nos bajaba… “¡Tlacololero, calzón de cuero, dile a tu hermana que aquí la espero con dos talegas de dinero…!”.

QUISIERA… oír el nostálgico tun tun del tambor y el sonar alegre y brioso del carrizo del tío Guello, pitándole a los tlacololeros un corral de cuatro mientras que Pancho Carbajal, “El Charol”, vestido de “La Maravilla” con la máscara de “La perra” hacía sus diabluras con todos los muchachos de su generación y especialmente con su hermano Juan vestido también de tlacololero.

QUISIERA… ver correr al ágil moro del caballito llevando en una mano su machete y en la otra sujetando al niño de los moros mientras un tambor y una flauta dejan escuchar sus sonidos ansiosos y los machetes blandiendo aportan también el choque de metales y los moros cabezones con pantalón blanco y vestimenta multicolor danzan y danzan y nunca se cansan. Lo que más lucen es su tocado alto de colores bellos y el recuerdo grato de don Esiquio García, pitero y tamborilero.

QUISIERA… que toda la nueva generación de chilpancingueños, jóvenes y niños y las autoridades supieran de una vez por todas que La Feria de Chilpancingo se hacía en honor del nacimiento del niño Jesús…

QUISIERA…. que “Los Pastores”, ellas con sus vestidos blancos y sus sombreritos forrados de papel crepé azul y ellos, los niños vestidos de azul con sombrero adornado con pascli al rededor de la copa y sus báculos con sonajas y cascabeles, fueran a la iglesia de La Asunción -como antes- a acostar al Niño Dios en un “nacimiento” hecho de heno y figuritas de barro y dijeran sus adoraciones sus personajes principales: El Sancho, Bartolo, la Gila y el Bato; el Viejo, la Gitana y el Ángel… ¿dónde están, dónde se fueron?

QUISIERA… que los aguinaldos fueran otra vez jícamas, tejocotes, dulce de colación, galletas de animalitos, cacahuates, un pedazo de caña y mandarina envueltos en papel crepé de colores y un sabroso ponche calientito con pasitas y pasas y tejocotes hervidos.

QUISIERA… ver a Rubén Mora declamando “Feria de Luz y Alegría; morena feria de amor; morena por tu color, morena, porque eres mía”…. Y a Pepe Castañón pulsando su guitarra y cantando: “Apúrate chata linda, ya la feria comenzó… Ponte tu vestido guinda y vamos a San Mateo, a ver qué gallo nos brinca para darle un topetón”.

QUISIERA… otra vez, verme, como casi todas las noches de la feria, empujando el carrusel de los caballitos con otros niños, y tras darle fuerza para que gire y gire, sentarnos en las tablas del piso, disfrutando el viaje circular que nosotros mismos propiciamos, mientras la gran estructura carga cabalgaduras de madera con figuras caprichosas pintadas de colores arbitrarios, y en sus lomos viajan sueños infantiles de aquellos cuyos padres pudieron pagar los veinte centavitos del pasaje… El periplo termina cuando el anunciador de voz grotesca grita, exigente: ¡Parándola, niños…parándola!

QUISIERA… poder ver otra vez la rueda de la fortuna y las sillas voladoras y al cohetero que se esfuerza por prender la mecha del castillo artificial del que saltan y van al infinito coronas giratorias impulsadas por el fuego e iluminan el cielo chilpancingueño con luces parecidas a las de “los toritos” que cargamos con otros niños haciendo travesuras, corriendo con ellos por todo el parque mientras que de los puestos se desprendían fuertes y penetrantes olores de pino fresco, pozole, mezcal y pólvora…

QUISIERA… QUISIERA… QUISIERA… que no te hubieras muerto, feria mía, que el tiempo no hubiera pasado y que Chilpancingo de los Bravo hubiera seguido conservando su ingenuidad, su inocencia y su bravura, sus porrazos de tigres y la alegría en sus danzas, sus tlacololeros y su amor por el trabajo, la dignidad y la amistad…

 

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