La mañana en Acapulco comienza con un gendarme buscando una cabeza que supuestamente alguien dejó sobre un coche. Con dos militares vigilando cada escuela pública de la ciudad para que no maten o secuestren a algún maestro. Con otro policía municipal que despacha en un escritorio destartalado que protege con un par de escudos antibalas, porque por la madrugada, un comando disparó contra la comisaría.

Este 12 de octubre amanece con cuatro muertos, todos de las colonias más pobres y violentas del puerto. Dos de ellos fueron asesinados por culpa de una pelea que tuvo su padre. Un hombre que por la noche empezó a beber afuera de su casa y se enfrentó con un par de personas, que más tarde regresaron armados para matarlo, y al no encontrarlo, se vengaron con sus hijos.

Este día arranca con el puerto vacío, sin turistas y con un operativo nuevo, anunciado por el gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo, con más de 500 elementos de seguridad que blindan la costera para que no haya ningún muerto ahí. Esta mañana, Juan Díaz, quien me pide omitir su nombre real por su seguridad, reza antes de salir de casa: “Señora, que sea tu voluntad”. Si hay muertos, él tendrá más trabajo en la funeraria, pero no le desea la muerte a nadie.

Cada miércoles, Juan llega al Servicio Médico Forense (Semefo) de Acapulco a esperar que caiga algún cadáver. El 12 de octubre comía un bolillo de guisado y tomaba un café junto a policías, funcionarios y dos mujeres acostumbradas a alimentar a los ‘buitres’ —como se les suele llamar a quienes persiguen muertos—, cuando cayó el primero: “Una cabeza encima de un coche en la colonia Progreso”. Juan va detrás de la muerte. Pasa el día junto con otros ‘buitres’ esperando ‘onces’ [cuerpos] para entonces acercarse a sus familiares, darles una tarjeta y ofrecerles sus servicios fúnebres.

Juan, que durante años vivió del turismo en Acapulco, ahora vive de los muertos.

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Es 12 de octubre de 2016 en Acapulco, y este día acabará con ocho asesinatos. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News).

Cuando era joven, este hombre compacto y carismático, trabajó de bartender en la noche acapulqueña, cuando el puerto más importante del estado de Guerrero era un animal turístico y en sus playas no había un sólo hueco libre para poner una toalla. Juan servía tragos en las discotecas más populares desde Palladium hasta Barba Roja. Vivía de la noche, del turismo estadounidense, de los springbreakers cuando Acapulco era la ‘gallina de los huevos de oro’ y había un poco para todos. Pero después de vivir como migrante en Estados Unidos, se encontró con una ciudad aterrorizada por la violencia.

El tradicional puerto, donde se filmó ‘Tarzán y el gran río’, es actualmente la ciudad más violenta del país y la cuarta a nivel mundial, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal. De acuerdo con cifras del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), analizadas por VICE News, en 2015, 902 personas fueron asesinadas. Hasta septiembre de este año, la cifra llegaba a los 722; es decir 80 muertes en promedio mensual, más de dos al día.

No hay un sólo día, explica Juan, que no maten a alguien. Y los muertos ya no son sólo criminales, como justificaba el gobierno cuando empezó la ‘Guerra contra el narco’ en 2006, el año en que se desató en la violencia en Acapulco. Matan a taxistas, a maestros, a los chicos que venden autopartes de coches, a comerciantes que no pagan el derecho de piso como a la vendedora de jugos que mataron la semana pasada frente a una iglesia a unas cuadras de la costera Miguel Alemán. Y entre los delincuentes es común enviarse a los muertos en el peor estado posible: en bolsas, en neveras, por partes o amordazados con algún mensaje.

‘Seguro están matando a alguien ahora mismo’.

Esta mañana, al llegar a la esquina donde supuestamente está una cabeza sobre un coche, no se ve nada. El primer muerto del día no existe. “Seguro están matando a alguien ahora mismo. Suelen hacer estas llamadas anónimas para despistarnos”, grita el oficial Nieto, uno de los gendarmes, mientras mira hacia todos lados en busca de un cadáver. En Acapulco, sólo 10 por ciento de las llamadas al 066, el número de emergencia, son reales.

Una docena de personas recoge sus vales de despensa Liconsa enfrente del lugar del supuesto homicidio y el dueño del coche se acerca a abrir la cajuela sin entender de qué se trata el alboroto. Este día acabará con ocho asesinatos, uno de ellos descuartizado y tirado en la calle en seis extremidades.

Mientras Nieto busca una cabeza o un cuerpo, sus compañeros se pasan el celular unos a otros. Uno ríe, otro cierra los ojos. “No lo veas porque te vas a asustar”, me dice uno de ellos. El vídeo muestra a unos jóvenes desollando a una persona. Le quitan el rostro con un cuchillo, le cortan los brazos y la víctima solo se retuerce. Cuando empieza a gritar, le ponen un palo en la garganta. Los jóvenes escuchan reggaetón y se ríen a carcajadas como si le estuvieran haciendo una broma a un colega.

Juan, el trabajador de la funeraria, se va al ver que el primer asesinato del día es una falsa alarma. Regresa a la base donde también varias familias van a buscar a sus desaparecidos. A veces atrapa a algún cliente. Pasa el día viendo su celular, en espera de un mensaje en sus múltiples grupos de Whatsapp para saber donde caerá el próximo muerto.

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Esta es una postal del Acapulco más turístico, rodeado de complejos hoteleros para distintas clases sociales. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News).

Los Acapulcos

Visto desde una postal, Acapulco es una playa inmensa, rodeada por acantilados y una selva tupida, donde los clavadistas entretienen a cientos de turistas y mujeres toman el sol o disfrutan de atardeceres de colores. En los periódicos, Acapulco es una suma de cuerpos inertes y descuartizados abandonados en las calles alejadas de la costera. En Google Earth, Acapulco es una ciudad dividida por distintos mundos con barreras geográficas bien definidas.

Está el Acapulco tradicional, el de la Quebrada, el centro y los barrios tradiciones que definieron a la ciudad hace 50 años; el Acapulco dorado, lleno de grandes hoteles, bares y discotecas, a donde llegaban los springbreakers; está el Acapulco Diamante, el exclusivo, con arena importada de Cancún, al que sólo va la élite; el Acapulco urbano, una ciudad hacinada, donde decenas de barrios pobres rodean este paraíso turístico y el Acapulco suburbano, que es un conjunto de favelas, con mayor hacinamiento, con lugares como Ciudad Renacimiento, que hasta hace poco era la favela más grande de América Latina y, por último, está el Acapulco rural, donde la ciudad creció sin orden alguno, y donde los habitantes entierran a sus muertos en panteones ejidales que cada vez tienen menos espacio. Wikipedia solo ubica los primeros tres. Cada persona hablará de distintos mundos.

Nelson Matus es una especie de ‘buitre’ diferente a Juan. Si bien los muertos no le dan dinero, le dan clics. Es fundador de Lo Real de Guerrero, un blog especializado en cubrir la violencia en el estado y principalmente en Acapulco, el municipio más grande con más de 800.000 habitantes. Para Matus, sólo existen dos Acapulcos: el rico y el pobre. El turístico y el violento. El de antes y el de ahora. Ahí detrás de la costera, donde un militar se confunde con las tradicionales ranas verdes del Señor Frogs, la seguridad apenas llega.

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Los militares están por todas partes, aquí un elemento es captado en la entrada del restaurante Señor Frogs. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News).

Él vive en el Acapulco suburbano, en la colonia Zapata, una de las más violentas de la ciudad. “Yo vivo en el Acapulco olvidado, en el de los pobres. De la cima para allá es de los ricos, y de la cima para allá ¡que Dios te ayude! Solo las águilas ponen sus nidos”.

Matus, que duerme unas cinco horas al día o menos, pasa día y noche recorriendo la ciudad en su ‘vocho’ (VW) azul buscando cadáveres. El periodista, que durante años trabajó en el periódico Alarma —de corte amarillista—, se hizo nombre con los muertos. Su popularidad aumentó con la violencia. Era de los primeros en llegar y siempre tenía las fotografías más detalladas de la escena del crimen, el mayor acercamiento a la maldad. En una vieja mesa en la estación de bomberos, despliega diversas ediciones de Alarma, mostrando sus exclusivas: “Cabezas frías”, “Quebrantahuesos”, “Estrangulan a bella dama”, “Por mayoreo 12”, “Péndulo macabro”. Su colección es la historia de horror de Acapulco.

“Ahora está un poco más tranquilo. Antes (entre 2010 y 2014) tenía hasta 25 ‘eventos’ al día. Ahora hay un poco menos”, asegura este hombre que sólo bebe sidra en Navidad y que nunca va al cine porque pierde la señal de su celular. Un día antes de la entrevista, tanto periodistas como policías le preguntaban dónde estaba el muerto. Antes de que se haga el reporte oficial, mientras forenses, policías municipales y periodistas intentan enterarse de dónde han asesinado a alguien, Matus ya lo sabe. Casi medio millón de personas le sigue en Facebook y por ahí le dan tips, la mayoría certeros, sobre lo que ocurre en la ciudad.

“Todo el día me están escribiendo, confían más en mi que en el 066” dice el periodista con una voz gangosa mientras me enseña los mensajes que recibe en su celular. Le avisan sobre un cuerpo abandonado en una esquina, hasta el olvido de una cartera en un taxi. En uno de los municipios más impune del país, donde solo se resuelve uno de cada 10 casos, la gente prefiere hablar con un periodista que denunciar a la policía. Los distintos Acapulcos nutren su página y los lectores siguen dando clics.

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El periodista Nelson Matus trabajó durante años en Alarma, ahora tiene un blog en el que reporta homicidios. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News)

Sin libertad en casa

Ana vive en Acapulco, pero sólo una vez al año va a la playa. Vive en la parte más alta, en La Sabana, un barrio popular en la periferia de la ciudad, donde suele haber cortes de agua y apenas llega el transporte público. La Sabana tiene muchas salidas y en sus cerros, se han establecido varias bandas del crimen organizado. Roberto Álvarez, vocero del gobierno estatal en materia de seguridad, afirma que en la ciudad operan al menos 50 bandas alineadas bajo el Cártel de los Beltrán Leyva o del Cártel Independiente de Acapulco (CIDA). Desde que Felipe Calderón decretó la guerra contra el narcotráfico hace 10 años, los grupos han ido mutando [La Lavadora, Los Zetas, Los Ardillos, Los Rojos y otros derivados del Cártel de Sinaloa] hasta quedar sólo estos dos con decenas de bandas volátiles formadas por integrantes cada vez más jóvenes.

En uno de los videos más populares que circularon en la red hace unas semanas, tres chicos bajan de un taxi en la colonia Progreso, dos de ellos salen y disparan. En menos de un minuto, asesinan a tres vendedores de autopartes. Después del último disparo llega otro taxi y los sicarios se van. Este es el modus operandi en gran parte de los homicidios en Acapulco. Casi siempre conducen un ‘vocho’ blanco, como los taxistas, que son de las principales víctimas de la extorsión y los asesinatos.

Ana recuerda cuando uno de sus vecinos era un niño y jugaba a las afueras de su casa. Ahora vende droga, va armado y siempre viste con ropa de marca. Ella baja la mirada cada vez que se lo encuentra. Su barrio se ha llenado de ‘halcones’ [vigilantes], sicarios y traficantes. “Ellos se compran tenis con lo que yo gano en un mes”, dice esta mujer, cuyo nombre pide mantener en anonimato por miedo a sus propios vecinos.

Para llegar de su casa a Diamante, Ana hace más de dos horas y gana 250 pesos al día por limpiar una villa de lujo en el Mayan Palace. Tiene que regresar antes de las 5 de la tarde. A partir de esa hora, hay una especie toque de queda en el que nadie sale a la calle. El mercado y los comercios aledaños cierran a las 4, los autobuses ya no suben a La Sabana. A esas horas es común ver coches con pistolas y rifles por fuera. Cuando escucha balazos, Ana les dice a sus tres hijos que se escondan debajo de la cama. “No me siento libre en mi propia casa”, dice la señora, bajita y corpulenta; de su cara destacan cinco lunares. En la parte más alta del cerro, los asesinos suelen tirar cuerpos que muchas veces nadie encuentra.

‘Da igual si vendes jitomates, calabazas o tienes un taxi, todos tienen que pagar (al narco)’

A su padre, un líder de la flotilla Coloso, una de las llamadas “rutas alimentarias”, es decir, sitios de taxis que alimentan el transporte en las zonas más alejadas de la ciudad, lo mataron hace seis años por no pagar la extorsión. Todos, dice Ana, están extorsionados. “Da igual si vendes jitomates, calabazas o tienes un taxi, todos tienen que pagar”. Cuando su padre murió, se enteró de que él ya pagaba ‘piso’ a un grupo del crimen organizado, pero después, con la disputa de territorio y proliferación de las bandas criminales, otro grupo también le empezó a cobrar. “El quería pagarles, pero no había dinero”, dice Ana en el centro comercial Sendero, donde se encontraron 15 cuerpos decapitados en 2011.

Ese es el círculo vicioso en el que se encuentra Acapulco. No hay dinero porque no hay turismo, no hay turismo porque hay violencia, hay violencia porque no hay dinero. Tras la muerte de Arturo Beltrán [diciembre 2009] y la detención de Héctor Beltrán Leyva, líderes del cártel que lleva sus apellidos, Acapulco, que ya era un punto clave para la distribución y consumo de drogas, se convirtió en un regadero de pólvora. Miembros de ese mismo cártel y otras bandas, comenzaron una disputa interna y se atomizaron por el control del territorio y el mercado. Actualmente, afirma el vocero del gobierno Roberto Álvarez, el mayor problema es la extorsión de los nuevos grupos criminales, sobre todo en las zonas más pobres de la ciudad. “Diamante es otro mundo, está cuidado. Yo soy del Acapulco jodido”, agrega Ana, quien sueña sin esperanzas vivir en el Acapulco Diamante con sus hijos. Mientras tanto, en su realidad, sólo reza cada vez que regresa a su casa: “Diosito déjame llegar”.

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Un búnker en la playa

Desde niña, Mariana Castillo solía vacacionar en Acapulco. Sus padres compraron hace más de 25 años un departamento en Playamar, un condominio de lujo con vista a la playa con todos los servicios incluidos. En su adolescencia, solía ir los fines de semana a descansar por el día, y por la noche salía a discotecas como El Alebrije, El Clásico y el Baby’O. Todas las vacaciones las pasaba ahí. Pero ahora, cada vez que va no sale de su casa. “Nos encerramos todo el fin de semana, ya ni siquiera vamos a la Isla [un centro comercial] porque quien sabe qué pueda pasar”, explica esta joven rubia, que nunca ha visto un muerto, pero escucha constantemente de ellos.

Diamante, un Acapulco parecido a Miami, con cuatro campos de golf, centros comerciales con las mejores marcas y hoteles de lujo como el Princess, donde murió el multimillonario Howard Hughes, es un oasis decadente al que la violencia llega aunque en menor medida que a los otros Acapulcos.

A un amigo de Mariana lo secuestraron en la carretera federal cuando venía de la ciudad de México. Le vendaron los ojos, lo pasearon durante el fin de semana, le quitaron su camioneta y su familia tuvo que pagar 70.000 pesos por su rescate. “Por eso, ya ni siquiera vamos al súper. Compramos todo desde DF e intentamos no parar al baño en la carretera”, señala Mariana. Esta es la lógica que siguen cientos de turistas mexicanos al ir a Diamante. Para disfrutar de Acapulco es mejor no salir del hotel.

‘Nos encerramos todo el fin de semana, ya ni siquiera vamos a la Isla (centro comercial)’.

Diamante es la zona de los ricos. Aquí Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán tenía una casa exclusiva que valía 500.000 dólares y que después de ser incautada por las autoridades, es ahora un hotel boutique conocido como Casa Acapulco. La inseguridad, sin embargo, bajó las ventas hasta en un 15 por ciento, según la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios. Entre 2000 y 2005, un departamento de lujo de dos recámaras se vendía en más de un millón de dólares, ahora se puede conseguir por unos 650.000 dólares.

Durante los tiempos de mayor violencia en el puerto, 2011 y 2012, respectivamente, Mariana Castillo no pisaba Acapulco. “Era una locura, secuestraban, robaban, la gente se encontraba muertos en la calle”, dice esta ama de casa. Con un sistema criminal completamente anárquico, la violencia en Acapulco fue contagiando incluso a sectores de la población nunca antes pensados. Un grupo de estudiantes del Instituto Tecnológico de Acapulco operaba una banda, por cuenta propia, que secuestraba y asesinaba a otros jóvenes. Según familiares de las víctimas, “la banda de los Kaori”, ocho hombres y una mujer de entre 18 y 23 años, llegó a secuestrar a casi 40 jóvenes y pedía rescates por hasta 800.000 pesos. “Ahora, al menos, uno se puede encerrar y estar ajeno a esa realidad horrible”, indica Mariana, quien suele tomar un par de cervezas mientras lee un buen libro en la playa.

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En la ciudad portuaria es común ver gente haciendo su actividad cotidiana rodeada de elementos del Ejército. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News).

El inicio de la decadencia

Cuando piensa en Acapulco, el empresario Alejandro Martínez Sidney recuerda a los springbreakers. Bares y discotecas llenos. Calles repletas. Turistas que se arremolinaban frente a La Quebrada para ver a los clavadistas. Cada semana había hasta 10 cruceros [140 al año en 2009]. El aeropuerto tenía decenas de vuelos internacionales y el miedo no existía. Hasta hace 10 años, ese Acapulco era real, pero ahora es sólo la imagen decadente de aquella vieja postal.

Los springbreakers dejaban una derrama de más de 300 millones de dólares por temporada. En aquel momento, el problema de Acapulco era que los turistas estadounidenses destrozaban las habitaciones de los hoteles. “¿Quién de mi edad no bailó con una neoyorquina o con una chica de Denver o Montreal? Quien no pasó la noche con una chica de Houston, Texas. Era otro amanecer, otra vida”, señala el también presidente de la Cámara Estatal de Comercio.

Los vuelos cayeron en un 80 por ciento, actualmente sólo queda un vuelo internacional desde Houston a Acapulco, llega un crucero cada tres meses y el turismo internacional es prácticamente inexistente, a excepción de algunos canadienses, que tienen casa en el puerto. “De lo único que vivimos es de la Autopista del Sol, si no fuera por eso y el turismo del DF, Acapulco ya no existiría”, comenta este hombre corpulento en uno de sus restaurantes en el Acapulco tradicional. Martínez Sidney tiene cinco locales comerciales en el puerto, además de rentar varios lugares a otros hosteleros. Todos, afirma, han caído hasta en un 70 por ciento en ventas debido a la violencia.

‘Si no fuera por la Autopista del Sol y por el turismo de la capital, Acapulco ya no existiría’.

“A mi no me han extorsionado directamente, pero la gente a la que le rento está extorsionada y a veces no me puede pagar la renta”, apunta el empresario, quien asegura que al menos 1.800 locales comerciales han cerrado en los últimos dos años en Acapulco por la extorsión. Él mismo cerró uno, Mamitas, un bar con música en vivo, porque no tenía garantías de seguridad.

El 24 de abril de 2016, la violencia que normalmente se mantiene en las colonias de Acapulco llegó a la costera. Un grupo armado asaltó el hotel Playas Suites, donde se hospedaban miembros de la Policía Federal y se desató una persecución por toda la Miguel Alemán. Los miembros del CIDA atacaron a las autoridades en represalia por la detención de uno de sus líderes, Fredy del Valle Berdel, alias ‘El Burro’. Acapulco se detuvo durante un par de horas, mientras policías y narcotraficantes intercambiaban disparos. Los turistas nacionales quedaron encerrados en hoteles y restaurantes. Gerardo Jiménez, que entonces trabajaba en Tamales Licha, uno de los restaurantes de Martínez Sidney, murió por una bala perdida cuando se asomó a ver qué ocurría. “Era uno de mis mejores meseros. Llevaba 10 años trabajando conmigo. Dejó dos hijos”, comenta Martínez Sidney. El luto duró dos semanas.

Cómo volver a la ‘época dorada’

La funeraria Cruz Grande decidió poner un muro de concreto enfrente de sus puertas de cristal por miedo a las balaceras. La avenida Ruiz Cortines es una postal depresiva. Los comercios han cerrado por la extorsión. A lado de la funeraria, hay una tortillería completamente enrejada para protegerse de posibles balas o amenazas del crimen. A lado, un café internet despacha con cámaras de seguridad las 24 horas. El resto de los comercios, que no pudieron pagar el derecho de piso, cerraron. “Nos han amenazado a nosotros por recoger un muerto que ellos [los criminales] no quieren que recojamos y entonces se desquitan con nosotros”, explica uno de los empleados de la funeraria.

La imagen no es exclusiva de esta zona cercana al Maxitúnel, que conecta Acapulco con la Autopista del Sol. La tradicional discoteca Baby’O, donde hace años era común encontrarse a Luis Miguel, está rodeada por agentes de la Marina. Enfrente, el hotel Casa Inn, en la costera Miguel Alemán, advierte a sus clientes sobre qué hacer en caso de recibir una llamada de extorsión. Cuando uno llega a su habitación ya sabe que Acapulco no es seguro. “Identificar el número de donde le están hablando. Conservar la calma. No proporcionar ninguna información personal. Identifique a la supuesta víctima. Notifique al Ministerio Público”, dice un letrero en todos los cuartos. La Gendarmería capacitó a los hoteles en las zonas más turísticas al ver que el crimen también llegaba a esa zona.

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La funeraria Cruz Grande decidió poner un muro de concreto enfrente de sus puertas de cristal por miedo a las balaceras. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News).

Pero lo primero que dice Alejandro González, secretario de turismo municipal, es que Acapulco no es la ciudad más peligrosa del país y mucho menos del mundo, si no que es un tema de percepción y cifras mal interpretadas. “Eso fue en 2015, ya no es actual. Hay ciudades más graves en América y en México que tienen índices de criminalidad peores y Acapulco está entre los 20 o los 50”, dice el funcionario, quien sostiene que lo que pasa en Acapulco es lo mismo que ocurre en otras partes del país como Coahuila, donde se encontraron 600 restos humanos en una fosa común el mes pasado. “Ya no hay un lugar que se salve en México”.

González, que llegó en 1968 al puerto y se enamoró de su belleza, asegura que el problema de la ciudad tiene que ver con su marca, que ha pasado de ser el lugar paradisiaco donde vacacionaba Elizabeth Taylor y los Kennedy, a sinónimo de muerte, ahuyentando a casi todo el turismo internacional.

Actualmente, un 90 por ciento del turismo en el puerto es nacional. “En Miami había una agencia dedicada a sacar notas negativas en contra de Acapulco. Porque la competencia turística entre Acapulco, Miami, Hawái, es muy dura. Están machaque y machaque contra nosotros. Y como esa, hay muchas”, justifica González respecto a la percepción de inseguridad que ha ahuyentado el turismo internacional.

En sus oficinas en el Crowne Plaza, donde a sólo unos metros, hay dos militares o marinos o policías federales en cada esquina, el secretario sostiene que su principal objetivo es cambiar esta imagen, aunque de momento, sea necesario tener tanta seguridad replegada la costera. “Si el Ejército y la Marina no estuviera conteniendo esto sería peor que Colombia en su época”.

‘En Miami había una agencia dedicada a sacar notas negativas de Acapulco’.

Acapulco sueña con un futuro parecido a aquella época dorada en la que famosos como John Wayne y Cary Grant habían comprado el hotel Flamingos para vacacionar. «Pregúntale a Tarzán (Johny Weismüller) por qué decidió que sus restos se quedaran aquí y lo enterraran. Igual a Teddy Stauffer que pidió que tiraran sus cenizas al mar”, señala González. El gobierno municipal de Evodio Velázquez quiere un “nuevo Acapulco”, como dice su slogan, que se parezca más a Río de Janeiro y esté a la altura de destinos turísticos como Playa del Carmen.

Hay un proyecto para iluminar 19 edificios sobre la bahía y que la ciudad se asemeje a Las Vegas o Hong Kong. El Palacio Municipal se convertirá en el museo de la ciudad, la costera estará llena de nuevas banquetas, una ciclovía, casetas de salvavidas, zonas comerciales para los pescadores y áreas de patinaje. También habrá 20 esculturas a lo largo de la playa. En la cima del cerro El Encinal, en Carabalí, se construirá un Cristo de 70 metros, que será llamado el Monumento a la Paz. En la bahía del Pichilingue se tendrá la tirolesa sobre el agua más larga del mundo. El empresario Juan Antonio Fernández invertirá siete mil millones de dólares en Rivera Diamante y entre otros proyectos, se construirán nuevas canchas de tenis para el Abierto Mexicano. Acapulco quiere olvidar los muertos y pensar en el sol.

González habla emocionado de este Acapulco y me muestra un vídeo del actor estadounidense, Paul Sorvino, en el que habla del puerto. “Todo es perfecto: el hotel, la gente, la vista, me siento en casa”, dice el actor de que estrenará una película con William Baldwin, Welcome to Acapulco. Esa misma noche, los Beltrán Leyva dejarían un cadáver maniatado muy cerca de la costera con un mensaje para sus rivales en el que se lee: “El cártel no perdona”.

Sin lugar para los muertos

Juan Díaz llegó a la muerte por un anuncio en el periódico. Y al hacerlo, descubrió que tenía talento. Lo primero que hace cuando se encuentra con un posible cliente es esperar. No lo aborda de inmediato. No lo aturde con datos y precios. Intenta ayudarle con los trámites. Y después, cuando la persona puede razonar lo que le ha pasado, le da una tarjeta. No insiste. Solo le advierte que su funeraria, cuyo nombre pide omitir, es legal y que puede contar con ellos para lo que necesiten. “El dueño es cristiano y no le gusta estafar a la gente”, cuenta el ‘buitre’. La mayoría de las veces tiene éxito. “Un amigo solía decir que no somos ‘buitres’, nos parecemos más a los gavilanes”, bromea Juan.

En los 10 años más violentos de Acapulco ha visto cómo la muerte se ha convertido en un negocio cada vez más rentable. Los ‘buitres’ como él cazan cadáveres y ofrecen servicios cada vez más caros. “Cuando cae el muerto todos somos enemigos”, dice. En 2010 sólo existían ocho funerarias en el puerto, actualmente hay 36, con precios por su servicio que van desde los 3.500 hasta los 45.000 pesos [de unos 175 a 2.250 dólares]. Y el negocio no es sencillo: los cementerios ya no tienen espacio. Los pobres, que son las principales víctimas de la violencia, no siempre pueden pagar y en muchas ocasiones, los familiares se llevan el cadáver antes de que llegue la policía para enterrarlo por su cuenta. Las funerarias son víctimas de las amenazas. La funeraria Ciprés, en la colonia Progreso, ha sido baleada en dos ocasiones y tiene a un policía municipal cuidando su entrada.

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Los precios de las tumbas y espacios en los panteones han subido, al mismo tiempo que la crisis de homicidios. (Imagen por Jorge Dan López/VICE News).

Después del escándalo del crematorio Del Pacífico, donde se encontraron 60 cuerpos abandonados, la gente no quiere incinerar, cuenta Juan. Pero los cementerios ya no tienen espacio. El pasado 2 de noviembre, decenas de familiares buscaban confundidas las tumbas de sus muertos en el panteón municipal de Las Cruces, el más grande de Acapulco. En lugar está tan lleno que las autoridades vendieron espacio en lo que antes eran los pasillos del cementerio. Con una capacidad de 50.000 lápidas, ha quedado completamente rebasado.

De acuerdo con el administrador del panteón, José Trinidad Carbajal, se han vendido lotes doblemente para enterrar cuerpos. “Hay quienes vienen a buscar una tumba pero su familiar ya no está porque pasó mucho tiempo y se le vendió a otro”, explica vía telefónica. Ahora se promueve el reciclaje de tumbas, es decir, que los familiares opten por la cremación después de siete años de enterrado para que el espacio pueda ser reutilizado. Aunque desde hace 20 años, el panteón debió haber cerrado, otras administraciones han seguido dando espacio y cada mes hay hasta 120 inhumaciones. En este tiempo, los precios han subido. Antes, una tumba con bóveda costaba unos 2.321 pesos [unos 116 dólares], ahora esto cuesta unos 5.500 [275 dólares].

“Todo sigue igual. No vamos para adelante ni para atrás”, me dice Juan en referencia al número de muertos que hay en el puerto. En las últimas semanas me habló sobre el asesinato de una joven estudiante de enfermería, de un cuerpo que encontraron en el río, de los dos militares levantados la semana pasada. Este Acapulco es quizá más real que aquellas divisiones geográficas que separan la ciudad. El Acapulco fúnebre ya no encuentra cabida en los cementerios.

LAS CIFRAS DEL HOMICIDIO EN LA ÚLTIMA DÉCADA

En México el comportamiento de homicidios dolosos a 10 años de la ‘Guerra contra el narco’ arroja un incremento de 72 por ciento. En 2006, el presidente Felipe Calderón recibió un país en que se cometían en promedio 984 homicidios dolosos al mes. Actualmente, el promedio mensual se eleva a 1.689 asesinatos según la base de datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

Las cifras analizadas por VICE News revelan que durante los años 2011 y 2012 se registró el mayor pico de homicidios dolosos con un promedio mensual de 1.904 y 1.811 respectivamente (más de 20.000 homicidios cada año) en cifras totales.

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Por lo que respecta a Guerrero —entidad cuyo puerto principal es Acapulco— el comportamiento del delito es similar: mientras que en 2006 se registraron 70 homicidios dolosos en promedio al mes, en lo que va de este 2016 el promedio ya es de 184, más del doble. Sólo el año 2012 superó al actual con 193 homicidios mensuales.

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Hasta antes de 2011, el Secretariado sólo generaba estadísticas delictivas a nivel de estado y no de municipio. Pero los datos disponibles indican que en el municipio de Acapulco la violencia alcanzó su clímax en 2012 con un promedio de 98 homicidios mensuales [1.170 en cifras absolutas] y aunque en los siguientes años disminuyó, se disparó nuevamente a partir de 2015, ya con Enrique Peña Nieto como presidente. Entre enero y septiembre de este año, los niveles de violencia en el puerto guerrerense casi igualan a los que había en 2011, con 80 homicidios mensuales o más de dos por día.

Créditos: VICE News

Jefa de Contenido: Laura Woldenberg. Editora: Karla Casillas Bermúdez. Data: Saúl Hernández. Diseño: Francisco Gómez y Clementina León.

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